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Reproducimos el último editorial del número de noviembre/diciembre 2014 de la revista Artez, que nos ha llegado a través de su boletín. Nos parece de muy obligada lectura.

Recuento de las sensaciones de un año que termina y otro que no comienza

Nadie hubiera pensado hace dieciocho años que llegaría esta aventura hasta el número 201. Aquí estamos. La vida teatral ha cambiado mucho, demasiado en estos años. Hemos pasado de unos tiempos de inquietud, a otros de crecimiento desordenado, hasta caer en una patética tierra de nadie. Insistiremos en una idea básica: no es una cuestión de crisis económica. No solo. En estos asuntos de las artes escénicas, son otros problemas tan importantes como el IVA o las ayudas a gira las que nos han dejado tan desamparados.

En los momentos donde se pagaban los cachets sin rechistar, en donde se construían espacios sin consultar ni hacer estudios de idoneidad, cuando crecían en todas las autonomías las compañías, empresas, núcleos que producían miles de espectáculos que abastecían un mercado sin criterios, ni planes estratégicos, ni proyección de futuro, las voces que reclamaban un poco de sosiego, una necesidad de establecer las bases de algo que estabilizase el futuro eran acalladas con talonarios, estadísticas y mucha ignorancia.

Sería imbécil recurrir a esa frase derrotista de “ya lo decía yo”, porque ni sé si lo decía, aunque hemos dicho tantas cosas en estas páginas que han recibido el reproche explícito, que es el mejor, pero sobre todo el reproche vengativo de los personajes que se han ido enquistando en los organigramas colectivos, institucionales, funcionariales. Lo que ahora sucede es consecuencia de la falta de previsión de los años anteriores. Lo que nos pasará mañana será consecuencia de lo que ahora hagamos. O no hagamos. Es una cosa sencilla, obvia, pero no está mal recordarlo, porque todavía existen los que creen que de repente vendrá un decreto ley, una reducción de IVA, una inyección de dinero para producir lo que arreglará en dos noches y diez mil horas de pasillos su vida. Pues no. Esto está muy deteriorado como para que existan milagros a corto plazo.

Recordaremos una vez más que hay que establecer planes de largo alcance, que deben empezar por la educación, pero no solo a base de campañas escolares, sino de introducción de las artes escénicas como asignaturas en todo el curriculum académico, propiciando auténticos bachilleratos artísticos especializados, dotando a las Escuelas Superiores de unos programas que tengan que ver con el mundo escénico actual, y no con el siglo diecinueve. Los públicos se trabajan desde la base, no con campañas, anuncios o esporádicas acciones. Las escuelas de espectadores, que se han puesto, desgraciadamente, de moda, son células de convencidos. De espectadores existentes que quieren saber algo más. No crean ni uno, ni medio espectador nuevo.

Sería bueno no seguir mintiendo, creando falsas expectativas, engañando y auto-engañándose. Las revistas que han ido naciendo y muriendo en estos años ha sido por la desidia de los profesionales. No llegamos a los públicos. Ni por asomo. Ni esa barbaridad de tener kilos de papel de colores en las entradas de los teatros de Madrid con la misma programación y cartelera, esas revistas gratuitas, que viven de la publicidad oficial, y que son catálogos de un supermercado. Y se entregan en la entrada de los teatros, o sea, de nuevo para los ya convencidos, los que van a esos teatros.

Las estadísticas de los ciudadanos que aseguran que no van nunca al teatro crecen. Ni van, ni piensan ir. Y por pura estadística es muy posible que un porcentaje de esos ciudadanos adultos, fueron niños y niñas que vieron en su escuela teatro. ¿Qué pasó? ¿Qué pasa? Es ahí donde debemos incidir, debemos averiguar qué sucede, por qué hay tantos ciudadanos que dicen que el teatro es aburrido, que no les gusta el teatro, que nunca van. ¿Es culpa de la programación? ¿Es culpa de la noción que se difunde del teatro? Son todas esas causas y muchas más. No existe una vida cultural  apropiada, no hay programas, ni acciones que intenten remediar esta falta de amor a la Cultura y mucho menos al Teatro. Y los medios de comunicación de masas se dedican a propiciar una cultura de baratija, que no interceda en su negocio televisivo.

Se despilfarra dinero a espuertas para seguir con proyectos, instituciones que no tienen encaje constitucional ya, ni operatividad efectiva. Pongamos que dudo del INAEM. ¿Cómo es posible que este organismo mantenga unidades de producción que solamente afectan a los ciudadanos de Madrid si se pagan con los presupuestos generales que salen de todos los impositores del Estado español? Esto no se resuelve con un cabreo, ni unas frases incendiarias, pero es un lugar que huele a podrido. Y los nombramientos de los últimos directores de esas unidades de producción, aquello que proclamaron se hizo con un manual de buenas prácticas, lo fue todo, menos buenas prácticas. Un escándalo mayúsculo. Mucho peor que lo sucedido en el Teatro Español.

Se entiende la urgencia y la necesidad de los profesionales, lo que cuesta entender menos es la falta de escrúpulos, el menudeo en corruptelas, en falta de solidaridad. Se está mirando al hoy y se acepta todo, absolutamente todo, sin rechistar. Los que se creen acomodados porque con un poco se conforman, los que nada tienen, por si acaso con su silencio o servilismo pueden pillar algunas migajas. Mientras tanto siguen estrenándose obras, produciéndose espectáculos, se magnifica lo micro, se especula con lo comercial, se van perdiendo espectadores y los de siempre, los que están metidos hasta en tramas de corrupción política, se mantienen en la gran mentira de echarle la culpa al IVA.

El discurso interiorizado es que la culpa no es de que no gestionemos bien las salas, que no sepamos proponer obras que interesen a unos públicos nuevos, que nuestro nivel artístico se mantenga bajo mínimos, que los espacios públicos de las redes sean unos contenedores vacíos, no, la culpa es siempre de los otros, del gobierno, del ministro, de la lluvia o del calor.

Si se quiere cambiar algo se deberá empezar por una autocrítica real, analítica, no emocional  ni sentimental, no convirtiendo nuestros problemas en el problema, sino yendo al problema general, el que nos afecta a todos.  En teoría, programadores, distribuidores, productores y creadores van en el mismo barco. En la práctica eso es una falacia. No existen ya programadores, los distribuidores y los programadores se confunden por la noche, los productores solamente atienden a los gustos de los programadores nocturnos y los artistas se colocan a campo abierto para ver por dónde sopla el aire. Esta descripción es en negativo. Esperpéntica, exagerada, pero si la ponen en positivo, verán que todavía es peor, que no hemos avanzado, que se está empobreciendo la profesión hasta niveles insoportables, que el teatro no tiene consideración cultural. Ni social, más allá que el entretenimiento. Y esto se propicia desde las instituciones, que es lo más descorazonador.

Por si acaso no tenemos oportunidad, que tenga buen año nuevo. El Teatro no lo acaba ni el INAEM, ni cien mil críticos amargados.

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